
La conciencia del hombre no se puede aprisionar; porque la razón para batir sus alas, necesita extenderlas en el infinito.
El sabio más grande de la Tierra, podrá ser una medianía, una vulgaridad en otro mundo más adelantado; mas, no por esto dejará de ser un hombre racional.
El individuo que en este globo pase por justo, y lo veneren como si fuera un santo, en otro planeta regenerado pasará completamente desapercibido, porque su virtud excepcional aquí, será general allá, mas no por esto aquel ser dejará de pensar, de sentir y de querer racionalmente, porque el Espíritu no desciende jamás del hombre al bruto; así es que no cambia de especie, podrá quizá cambiar de nombre, porque si al rey de la Tierra se le llama hombre, quizá en otro mundo tenga distinto nombre, pero su significado será análogo.
El Espíritu que ha entrado en posesión de su individualidad, el que reconoce su yo pensante, no la puede perder nunca, antes al contrario, irá adquiriendo según su trabajo la perfección universal que ha de ser un día el patrimonio de todos los espíritus.
El deísmo debe ser una creencia absoluta, pero las religiones serán múltiples durante muchos siglos, porque la conciencia del hombre no se puede aprisionar, y además, lo que es la luz para unos, es tinieblas para otros, porque cada ser tiene distinta historia; y por lo tanto no todos tienen el mismo grado de progreso.
Dejad que las humanidades vayan a Dios, unas andando de rodillas y otras elevándose en un globo para buscar en las capas de la atmósfera un nuevo altar donde adorar al Omnipotente.
Dejad que los unos consuman su tiempo rezando rutinarias oraciones, mientras que los otros buscan las huellas del Creador mirando con el microscopio el mundo infinitamente pequeño de los infusorios.
Dejad que unos busquen éste y aquel santuario de vírgenes milagrosas para dar fe del poder Eterno, mientras que otros en los observatorios astronómicos, contemplando con sublime arrobamiento las maravillas celestes que bendicen a Dios.
Es indudable que la humanidad progresa, y una gran parte de ella no puede digerir el alimento de las tradiciones religiosas. Los hombres miopes de entendimiento desde su nacimiento, con el transcurso de los siglos van recobrando la vista intelectual, y van comprendiendo claramente que los milagros (según el vulgo los entiende) no existen, porque si estos se efectuaran del modo que la vulgaridad cree, serían un abuso de la justicia divina; así, pues, no hay más milagro que uno que es permanente; el desenvolvimiento de la naturaleza, el cumplimiento de sus eternas leyes y la renovación constante de la vida universal.
Respetamos en todo lo que vale el Espíritu de la mujer santificada por el dolor, y divinizada por la tradición. Estamos muy conformes que, los que necesiten un intermediario para dirigirse a Dios imploren de María la protección divina, o invoquen al santo que les inspira más simpatía y les incline a tener más devoción.
El culto a las imágenes es necesario para ciertas almas, y cada cual debe tomar el alimento que buenamente puede digerir; pero así como algunas religiones tienen libertad para levantar sus altares, los espiritistas tienen derecho para demostrar, que entre vestir a una imagen gastando una fortuna en joyas para adornarla, o alimentar a un centenar de obreros sin trabajo, es más beneficioso y más racional lo segundo que lo primero.