Las unas son oscurantistas, y las otras espiritistas racionalistas. La tempestad de las ideas, como dice Castelar, cargada con la electricidad del progreso, lanza sus rayos de luz sobre las multitudes; y todos somos espectadores de esta lucha decisiva que sostienen los siglos que pasaron con los siglos que llegan; y es inútil, combatir al Espiritismo en nombre de Dios, y en nombre de la dignidad humana; porque en nombre de Dios y de la dignidad humana la razón reclama sus legítimos derechos; y no hay religión en la Tierra que pueda quitárselos.
Los espiritistas no rechazan la verdad, van por el contrario en busca de ella, lo que sí hacen, es no creer ciegamente sino que antes tratan de analizar lo que quieren creer: porque es contrario en absoluto a las leyes de la lógica aceptar principios desconocidos a nuestra razón.
No rechazamos la verdad los que creemos que el Espíritu es una piedra preciosa que necesita la pulimentación del trabajo.
Nosotros tendemos nuestros brazos a la verdad, porque amamos el progreso; si para nuestro uso no nos es necesario practicar más culto que el amor al bien, porque creemos que sembrando bien, bien inmenso recogeremos en el porvenir, no por esto dejamos de respetar las creencias de los otros, y elevando nuestra mirada al infinito buscamos un ideal en armonía con nuestra razón.
Los hombres de la Tierra, pigmeos entre las humanidades del infinito, están muy lejos de Dios para saber a punto fijo cuando Él hace gala de su omnipotencia; y es completamente inútil asegurar si es de un modo o si es de otro, y además, en Dios no caben ni milagros ni prodigios; en Él no hay más que leyes eternas e inmutables que no están sujetas a producir efectos sorprendentes.
La filosofía que es el estudio de las verdades eternas, la que da soluciones a los grandes problemas, libro donde se encuentra la clave del infinito, no admite nada sobrenatural, porque lo sobrenatural quiere decir sin razón; y la religión que acepta el sobrenaturalismo fija su base en la movible arena.
Las manifestaciones de los espíritus no tienen nada de milagroso ni de prodigioso, ni de maravilloso; no son más que los desenvolvimientos de la vida que realizan el continuo trabajo que hacen las fuerzas diseminadas en la creación; por esto, médium es el niño, médium es el anciano, médium la casta joven y médium el depravado libertino, y no hay hombre que no posea una mediumnidad más o menos desarrollada.
La humanidad invisible vive con nosotros, los muertos no dejan en su sepultura más que su cuerpo, su Espíritu trabaja y siente a nuestro lado; y sus manifestaciones ni son grandes, ni son pueriles, ni son destellos de santidad ni de satánico poder, no son más que:
¡El movimiento de la vida!
¡La acción incesante del trabajo!
¡Los latidos de las humanidades!
¡Las pulsaciones del Universo!
¡El raudal de la vida que en hirviente catarata se desprende de la eternidad para caer en el infinito!
La escuela espiritista no es aceptada por unos cuantos visionarios; hombres muy notables en la ciencia y en las letras, creen que el Espiritismo es la consecuencia natural de la continuidad de la vida del Espíritu. ¡Vida inacabable, infinita y necesaria, porque si le quitan al Espíritu la eternidad de su progreso, negáis a Dios!
Entre las autoridades científicas que aceptan el Espiritismo, se encuentran hombres verdaderamente grandes.
¿Quién podrá disputarle su ciencia a…Alfred Russell Wallace, presidente de la sociedad Antropológica de Londres.
Serjeant Cox, presidente de la sociedad Psicológica de la Gran Bretaña.
Maximiliano Pertij, profesor de Historia Natural en la Universidad de Berna.
Johann Fichte, uno de los primeros filósofos de Alemania.
Robert Huce, uno de los más sabios químicos de América.
Nicolás Wagriex y Butlerow, físico y profesor en la Universidad de San Petersburgo.